(I’m sorry for my non-Spanish speaking friends. When I started writing this I was reading a couple of essays by Salvador Elizondo and his use of such a sophisticated language made me want to write an essay about a novel. So I began to write this piece and before I knew anything about it I had written 3 pages in Spanish and I was too lazy to translate it to English. So here it is, my take on Cortazar’s Rayuela (Hopscotch in English). Next week I’ll get a piece of fiction in English over here (maybe Ed and Mark are back…) I promise. Anyway, for my Spanish-speaking friends, hope you like it.)
Tal vez algunos de ustedes ya lo sepan, pero mi novela favorita es (y probablemente lo seguirá siendo incluso después de que termine la odisea que es leer Ulysses) Rayuela de Julio Cortázar. Es difícil explicar porqué es mi novela favorita, sin embargo creo que es un ejercicio loable tratar de ser elocuente en cuanto a los gustos propios. Es por esto que en éste pequeño ensayo trataré de explicar cuál es “el punto” de Rayuela y de ésta forma argumentar porqué es mi novela favorita.
No es raro que, al leer una novela, el lector trate de interpretar los eventos de los cuales los personajes principales son partícipes. No es extraordinario que se logren encontrar perspectivas mediante las cuales la trama tome un peso mayor en diferentes áreas (política, social, artística). Y para nada es extraño que los críticos sean los más experimentados en éste ejercicio: leer el libro como una montaña de referencias y simbolismos – que si X personaje en realidad siempre estuvo soñando; que si Y personaje en realidad es producto de la imaginación de otro. Sin embargo, y aceptando que éste análisis no es para nada inútil ya que sin él no podríamos experimentar la novela más allá de simple entretenimiento, en Rayuela indagar en éstos detalles, éstas perspectivas no es realmente “el punto.”
Entiendo que puede sonar más que pretencioso y absoluto al decir que algo no es “el punto” de una obra, más siendo una obra artística, por lo tanto quiero establecer que ésta es simplemente una opinión personal y que mi intención no es tratar de atinarle a la intención original del autor (que igual no tiene mayor mérito que la interpretación de cualquier persona). Esto es simplemente un ejercicio para tratar de transformar mis sensaciones a palabras. Dicho esto, el punto de Rayuela es conectar al lector con el infierno y enseñarles la puerta de salida. Aquí, obviamente, tengo que explicar a qué me refiero con “el infierno.” El infierno es un lugar de total alienación y soledad. Es aquél lugar en dónde cualquier contacto es suprimido; cualquier contacto con vida o con cualquier símbolo de vida (una muñeca o un peluche). ¿Por qué? La razón es simple: cualquier dolor compartido, en medida en que el dolor mengüe, se convierte en un placer. ¿Acaso nunca les ha pasado que compartir una experiencia negativa les lleva a un gran placer? En todo caso, el dolor disminuye (al menos la sensación del dolor) mientras lo compartamos con alguien. Por ello el infierno necesariamente tiene que ser una experiencia absolutamente solitaria. El infierno es lo que es cuándo se dice “estás solo” en términos absolutos.
¿Pero por qué Rayuela es “conectar al lector con el infierno y enseñarles la puerta de salida”? La respuesta, aunque de una naturaleza bastante simple, es bastante técnica. En Rayuela, Oliveira es un hombre que trata de entender el mundo. Oliveira admite que existe un contacto con eso que llamamos Realidad y trata de ser partícipe de ella; de lograr un acercamiento, aunque sea con la yema de los dedos, aunque sea durante un segundo. Y aquí entra el otro personaje principal: La Maga. Ella representa ese contacto. La Maga es absurda, extraña, alguien alejada del intelectualismo y quién está ahí en el centro. Rayuela comienza con la pregunta “¿Encontraría a la Maga?” Y éste es el primer detalle que da a entender que la búsqueda de Oliveira por encontrar un contacto con el Mundo tiene un paralelismo con la relación entre él y ella.
El contacto anhelado se puede denotar como un “momento de sinceridad” (moment of truthfulness). Pero Oliveira (hasta el capítulo final de ambas partes) no lo logra. A través de la novela vemos cómo Oliveira trata de romper esa membrana pegajosa que nos aísla del mundo. Por eso es que Rayuela nos muestra el infierno; nos muestra ése estado en el cual no hay contacto, al menos sincero. Oliveira existe en un mundo en dónde sólo existe él y todo lo demás es un papel tapiz detrás del cual se pueden percibir formas vivas y sinceras pero difusas y lejanas. Ejemplo de esas formas es Berthe Trépat. La pianista es algo vivo, algo que no está inmerso en el mundo grotesco de la Gran Costumbre en dónde todo va de acuerdo a un plan de prejuicios y estereotipos.
El ejercicio de construir Rayuela – porqué se construye más que leerse – es el acto de interpretar eventos, ya de por sí extraños, cuya naturaleza es inclasificable. Es por eso que cualquier organización de la narrativa es en sí acertada; cómo armar un rompecabezas que no tiene forma. Hay muchísimas versiones de la narrativa que pueden ser acertadas ya que Rayuela no demuestra tener un modelo al cual se apega. Sin embargo, hay una vena temática por la cual nuestras mentes pueden transitar – tal vez sin saberlo – y alcanzar a Oliveira y caminar a su lado (o más bien alcanzarlo y ser él) a través del infierno. Es por eso que las claves de Rayuela no es si la Maga es real o no, o si Oliveira estaba loco, o si lo-que-sea, sino que las claves son el capítulo 7, el 34, el 79; las claves son Trépat, Gregorovious, el 18; son aquellos segmentos de la historia tal vez innecesarios desde un punto de vista narrativo pero trascendentales en cuanto a una conexión entre el lector y los “momentos de sinceridad.” Rayuela nos enseña el infierno pero al mismo tiempo nos da muestras de que se puede salir de él. Se puede llegar a ese contacto si aplicamos una norma fresca y conectada al Arte; apegada a esa búsqueda de catarsis que nos da una euforia infinita pero que sólo dura un segundo.
Pero Rayuela se tiene que pensar forzosamente, como cualquier novela, como una narrativa sobre la cual cada quién impone sus propias obsesiones; sus propios materiales de construcción. Es innegable que hay una estructura ahí: Oliveira se encierra en el manicomio, Talita hace lo imposible para pasarle un poco de mate. Pero la creatividad que uno puede ejercitar sobre el libro es inherente a la conexión que uno establece con la obra (¿porqué sentir lo que siento?) y no a esa estructura, no a la trama en sí. El terreno narrativo no es tan fértil como el lingüístico. Y digo lingüístico porque eso representan (eso son) los personajes, los jugares y los objetos en Rayuela: un lenguaje. Es ahí que encontramos la verdadera gloria de Rayuela (al contrario de otras obras, como los cuentos de Borges en los cuales es la narrativa – y su maravillosa simpleza – la que nos otorga ese rompecabezas de posibilidades estéticas y sublimes). La gama de emociones que Cortázar nos sugiere contrasta con esa Gran Costumbre de sentimientos: del concierto de Trépat al drama del mate. Y ese contraste nos enseña (énfasis en “enseña”) que el foco de atención es en la conexión entre nosotros y el lenguaje: ¿Por qué es que nos debemos sentir tristes? ¿Por qué es que nos debemos sentir felices? Éste es el cambio de perspectiva y de norma. Nos desubicamos espacialmente y temporalmente y culturalmente y de esa forma denunciamos la Gran Costumbre. Todo es perspectiva, el cambio de parámetro.
Siendo éste el propósito (a mi juicio) de Rayuela, la novela se vuelve en sí un complejo que viene siendo su propio instructivo. Es decir que al leer Rayuela uno puede disfrutarla mejor. Lo más importante en el arte es la enseñanza. El ejercicio artístico es esencialmente el de aprendizaje. El arte debe enseñar esquemas conceptuales a través de los cuales uno pueda acceder a la belleza del mundo. Al final de cuentas el universo es indiferente y es sólo a través de nuestra capacidad de – usaré la palabra – amor que uno llega a descubrir aquello que se denota tan casualmente con “felicidad.” Uno aprende de algo y lo utiliza para modificar el caleidoscopio del mundo. Es de ésta manera que DragonBall es eufórico porque Shakespeare escribió; las películas de Tarantino son estéticas porque Da Vinci pintó; The Beatles son sublimes porque Beethoven compuso la 9na. Gracias a los esquemas conceptuales que adquirimos con el arte uno puede llegar a encender la melodía del mundo.
Rayuela es un faro brillantísimo. A través de ella Cortázar nos enseña a ver el mundo y “see patters pretty as can be.” Nos enseña a aventar todo por la ventana, pero sobre todo a aventar la ventana misma y nosotros con ella. Esa ventana que es la Gran Costumbre y que nos ata a lo que la maldita moral nos dice que tenemos que sentir. Hay que deshacernos de todos los prejuicios y generar propios. Y que esos nuevos prejuicios sean esquemas conceptuales; sean aquello que nos va a permitir acceder a lo que Nabokov llamó aesthetic bliss. Nabokov: “A work of fiction exists only insofar as it affords me what I shall bluntly call aesthetic bliss, that is a sense of being somehow, somewhere, connected with other states of being where art (curiosity, tenderness, kindness, ecstasy) is the norm.” Y Rayuela existe. Y existe furiosamente. Felicidades.
Tags: cortazar, Crítica, Hopscotch, La Maga, Literatura, Oliveira, Patterns, Rayuela, Reseña